Los invasores de fin de semana

Los invasores del fin de semana

Atrincherado y temeroso, espío a través de la hendijas de la persiana cerrada. Todas las luces interiores apagadas, afuera el amanecer es aún una tenue insinuación en el escaso horizonte que los edificios permiten. No quiero que ninguna luminosidad se filtre hacia afuera, donde la penumbra de la calle delataría mi presencia. Debo salir, la hora se acerca, debo ir al encuentro del transporte que me saque de aquí. No escucho sonido alguno, pero los invasores están ahí, yo sé que están. Llevan todo el fin de semana en posesión de las calles, acechando en las noches y ocultándose en el día. Desconozco si esa fotosensibilidad se debe a alguna propiedad vampiresca de su organismo, aunque debo reconocer los he visto beber absolutamente de todo menos sangre.
El tiempo se me agota, el transporte pasará a las 7, el sol no se asoma antes de las 7:30 en esta época del año, y esperar el amparo de su luminosidad es un lujo que no puedo darme ante la imperiosa necesidad que me urge. Si pierdo el transporte quedaré desamparado en la intemperie, a merced de los belicosos invasores.
Reúno todo el coraje que no tengo pero invento, y decido salir. Faltan solo diez minutos para las 7, tiempo suficiente para recorrer las cuatro cuadras que me separan del punto de extracción. Hago girar la llave dentro de la cerradura con un sigilo exagerado pero necesario, el menor ruido puede delatar mi salida. Abro la puerta, apenas un centímetro, para espiar; aumento los centímetros de abertura para asomar la cabeza, miro a ambos lados, la calle está desierta e inquietantemente silenciosa. Salgo. Cierro la puerta detrás de mí, con una delicadeza y cuidado que parecen exagerados, pero no son otra cosa más que necesarios. Comienzo temeroso a caminar por la vereda, casi inconscientemente camino como acurrucado contra la pared, creyendo absurdamente que caminar encorvado al amparo de la sombre de los arboles me va a dar una mayor protección. Recorro las tres primeras cuadras con el mayor sigilo que mi torpeza permite,  no hay señales ni indicios de presencia alguna. Solo cuando estoy a punto de iniciar la última cuadra escucho, lejano, el primer sonido que rompe la silenciosa monotonía reinante. El ronroneo de un motor me llega lejano a los oídos, rebotando en las paredes que circundan la calle. Me asomo bajando el cordón de la vereda, veo a lo lejos el transporte acercándose raudo. Estoy a una cuadra del punto de encuentro, tengo tiempo de sobra para llegar caminando de la forma sigilosa en que lo venía haciendo hasta ahora, pero la ansiedad derrota mi prudencia. Arranco en apresurado trote a recorrer esa última cuadra, esquivo por casualidad y no por pericia, los restos de botellas rotas y manchas de sangre que aún no terminan de secar en el piso, irrefutable señal de que los invasores no han de estar lejos.
Detesto tener razón en ocasiones como esta. Llego al punto de encuentro cuando el transporte está aún a escasa distancia de arribar, llego al mismo tiempo en que una horda de invasores se hace visible doblando una esquina a una cuadra y media de distancia. Seguramente alertados por el sonido del motor del transporte que se acerca, se asomaron a la avenida en busca de su encuentro. Los veo observar el horizonte de la calle, solo perturbado por la presencia del transporte que se acerca por el medio de la avenida. Vociferan en indescifrables alaridos y sonidos guturales que engendran miedo, arrancan en alocada y desprolija carrera hacia mi posición. No sé si corren hacia mí porque me vieron como potencial presa fácil, o porque saben que el transporte se detendrá a recogerme y quieren hacer de ambos su víctima. Difícil saber cuál es el grado de cordura y deducción en sus mentes irracionales de actitud salvaje y depredadora.
Yo, inmóvil, veo al vehículo aumentar su velocidad de forma abrupta, no cabe duda alguna que el conductor ha visto a la horda de bestias que corre más adelante en su misma dirección, intentando interceptar el momento y lugar en que debe detenerse para permitirme subir. Tampoco cabe duda que la horda acechante pretende tomar posesión del transporte para su beneficio. No hay ya más tiempo para cavilaciones vanas, el vehículo está a cien metros de distancia, le ha sacado cincuenta metros de ventaja a la horda que grita con gestos amenazantes hacia el transporte que gana terreno en la desesperada carrera. No son menos grandilocuentes los gestos que le hago yo al conductor para que se detenga, temiendo que su plan sea no parar y seguir de largo, impulsado por el natural instinto de supervivencia que hace prevalecer la integridad de su propia vida por sobre la mía, al fin y al cabo no soy más que un extraño para ese hombre al volante.
“¡Deprisa, sube antes de que nos alcancen!”, grita el conductor, con la puerta del vehículo abierta, aún antes de haber terminado de frenar del todo casi a mi lado. Subo desesperado, sin dejar de mirar de reojo a la horda que a menos de cincuenta metros ya está a punto de darnos alcance. Pero apenas pongo un pie en el estribo del transporte, el chofer arranca a toda potencia, poniendo distancia creciente entre la horda, que decepcionada no puede más que arrojarnos piedras que no nos impactan, y nosotros, que al fin podemos llamarnos a salvo.
Detesto tener que sufrir estas circunstancias cada fin de semana, en el barrio han proliferado bares y discotecas que se llenan de borrachos salvajes, ebrios belicosos incoherentes que lo invaden todo a la salida. Los autobuses no paran por temor a ellos, solo se detienen por los pobres diablos que vamos a trabajar los sábados temprano. Pero bueno, al menos esta vez viajo sentado.

Fuente: 
http://yo-conmigo.blogspot.com/2018/04/los-invasores-de-fin-de-semana.html
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